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Jemaa el Fna: un universo en sí misma

Jemaa el Fna: un universo en sí misma

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Zocos, palacios, museos, talleres de artesanos y tiendas de las mil y una noches salen al paso mientras el viajero camina por el sur de la medina de Marrakech. Un paisaje muy pero que muy sugerente que combina bien con el sabor de un té a la menta y de un tajine.

No es fácil orientarse en esta urbe norteafricana. Planes para hacer en Marrakech hay unos cuantos, pero si el viajero atina en su búsqueda dará con el principal y estupendo reclamo que tiene la ciudad: la plaza de Jeema el Fna. Es un universo en sí misma, Patrimonio Oral e Intangible de la Humanidad. Color, sabor y sonido se dan cita a diario en esta plaza, corazón de Marrakech.

Al atardecer, las luces anaranjadas y el aroma de sus restaurantes atraen a cientos de locales y forasteros. Como no podía ser menos. Jemaa el Fna, la mítica, la mágica plaza de Marrakech, despierta los sentidos y la imaginación. Casi todo es posible en esta enorme explanada que se abre al sur de la medina de Marrakech y que contiene lo imaginable.

A todas horas del día ocurren decenas de acontecimientos y se practican toda clase de actividades comerciales, culturales y de ocio. Pero es al caer la tarde cuando llega su apoteosis. A esa hora se convierte en un hervidero, en el salón de la ciudad donde se reúnen centenares de marroquíes y de forasteros para comer y beber, para hablar y escuchar, para comprar y vender, para actuar o ver… pero sobre todo para observar los mil matices del paisaje humano de la ciudad. Es entonces cuando se entiende por qué este espacio fue declarado Patrimonio Oral e Inmaterial de la Humanidad.

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Marraquech nunca descansa./ Luc Viatour

Una caja de Pandora

De la misma forma que todos los caminos llevan a Roma, en Marrakech todos los paseos acaban desembocando en esta caja de Pandora que es Jemaa el Fna. Frente a ella, de entre unas palmeras, emerge el minarete de Koutoubia, una torre de 70 metros de altura, hermana gemela de la Giralda de Sevilla y de la torre de Hassan de Rabat, construida por los almohades alrededor del año 1150 tras conquistar la ciudad.

Pese a su nombre, Jemaa el Fna, que traducido significa ‘reunión de los muertos’ (aunque otras versiones aseguran que significa mezquita –jamaa– del tránsito), la plaza se convierte en un estallido de vida desde bien temprano, poco después de escucharse las primeras plegarias del muecín por los altavoces de los numerosos minaretes de la ciudad.

Encantadores de serpientes

Poco a poco van llegando los encantadores de serpientes con sus cobras y sus flautas; aparecen también los vendedores de agua con sus trajes de color rojo, tocados con un sombrero cónico multicolor y una ristra de vasos de cobre colgados del cuello esperando a ser fotografiados (y a cobrar por cada uno de los disparos, por supuesto)

Igualmente acuden a sus puestos habituales, en la esquina noreste de la plaza magrebí, los sanadores y dentistas que durante el día desarrollan una incesante actividad y, por supuesto, los grupos de turistas que vagan por la plaza en busca de lo mejor.

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Tanto de noche como de día, la plaza rebosa de actividad incesante.

Para verlo todo con la perspectiva que se merece, lo ideal es que el viajero suba a una de las terrazas que dan a la plaza, el café de la France o el café du Grand Balcon, y sentarse en las mesas de primera fila. Desde este anfiteatro, y frente a un té a la menta, se puede observar e intentar comprender la fascinante actividad que se desarrolla en la inmensa explanada.

Después conviene volver a la plaza y sumergirse en ese hormigueo incesante, formar parte de él para disfrutarlo en primera fila. Mimetizándose con el entorno, a ser posible. Resulta difícil imaginar el escalofriante pasado de esta plaza, en la que hasta el siglo XIX se decapitaban hasta 45 criminales al día; y como siniestra práctica ejemplarizante se dejaban expuestas las cabezas.

Hoy en día se reúnen en ella saltimbanquis, faquires, aguadores salidos de una película de la Edad Media, contadores de cuentos y de historias ininteligibles para nosotros pero que, viendo el público que atraen, deben ser de lo más fascinantes… A media tarde, un espectáculo añadido hace a esta plaza aún más singular si cabe: en cuestión de poco más de media hora en su centro neurálgico se montan más de 60 restaurantes de quita y pon.

Javier Ramos Soy periodista y experto universitario en protocolo. He trabajado en diferentes medios de comunicación como 20 minutos, Las Provincias o Diario 16. Ahora ejerzo labores de community manager, colaboro en blogs y publicaciones digitales. Autor del libro 'Eso no estaba en mi libro de Historia de Roma'.

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