Neutral, pero no indiferente. España en la I Guerra Mundial asistió en medio de una gran crisis interna. El país no quiso hacer la guerra, pero se metió en ella. El rey Alfonso XIII trató de jugar la baza de mediador que pronto oscureció el mucho más poderoso presidente de los Estados Unidos.
España permaneció oficialmente neutral durante toda la Primera Guerra Mundial, pero la guerra entró en el país por otras vías: comercio, espionaje, propaganda, guerra submarina, crisis social, inflación y una intensa batalla entre germanófilos y aliadófilos. La neutralidad española no significó aislamiento. Al contrario: convirtió a España en un escenario diplomático, económico y clandestino de primer orden.
El Gobierno de Eduardo Dato decidió mantener la neutralidad desde el comienzo de la contienda. El 30 de julio de 1914 se publicó el Real Decreto que declaraba oficialmente la neutralidad española. La decisión respondía tanto a la debilidad militar y económica del país como a la ausencia de intereses que justificasen una entrada directa en la guerra.
Eso no impidió que España mantuviera relaciones económicas y diplomáticas con ambos bloques ni que determinados sectores políticos, económicos y sociales mostraran simpatías por uno u otro bando. La neutralidad fue oficial, pero nunca completamente ajena a las presiones de los beligerantes.
El papel de Alfonso XIII
Alfonso XIII se implicó en la búsqueda de ofertas de los beligerantes, mientras se ofrecía como mediador y emprendía una importante labor humanitaria que se concretó, en mayo de 1915, en la Oficina Pro-Cautivos del Palacio Real de Madrid, que concentraría sus esfuerzos en la localización del paradero de prisioneros, soldados y civiles desparecidos, refugiados, rehenes y deportados, y que tramitaría indultos y repatriaciones e soldados heridos o enfermos, a la vez que intentaba suavizar la situación de prisioneros de guerra y ciudades ocupadas.

Miles de personas escribieron a Madrid solicitando información sobre familiares cuyo paradero desconocían. La oficina intervino también en solicitudes de repatriación, indultos y asistencia a prisioneros y civiles. El Ministerio de Cultura conserva documentación relacionada con esta extraordinaria operación humanitaria.
Y es que Alfonso XIII intentó aprovechar la posición neutral de España para ejercer una función diplomática y humanitaria. Su iniciativa más duradera fue la asistencia a prisioneros y desaparecidos, pero también manifestó interés por desempeñar un papel mediador entre los contendientes.
La posición española, sin embargo, estaba condicionada por la escasa capacidad militar del país y por sus propios problemas internos. España no podía desempeñar el papel de gran potencia mediadora que en determinados momentos llegó a imaginar la diplomacia española.
España, capital del espionaje europeo
Los propios países beligerantes eligieron la península ibérica para librar una guerra de espionaje, sabotaje y propaganda, una guerra invisible, sin frentes, destinada a favorecer sus intereses y a cuidar su imagen en la opinión pública para preparar las condiciones económicas de la paz.
Desencadenaron sobre el territorio español una lucha despiadada con medios legales e ilegales: bloqueo portuario y marítimo, guerra submarina, abastecimiento, violación de aguas jurisdiccionales, pero también difusión de rumores y mentiras, impresión de libelos en el idioma del enemigo, llegando a fomentar así una psicosis de espionaje, con presencia de agentes secretos y circulación epistolar de bacilos patógenos.
La neutralidad convirtió a España en un terreno privilegiado para los servicios de inteligencia de las potencias enfrentadas. Madrid, Barcelona, Bilbao, Cádiz, Cartagena, Vigo, Barcelona, San Sebastián y otros enclaves portuarios fueron escenario de operaciones de información, contraespionaje, propaganda y vigilancia marítima.
La posición geográfica española era especialmente atractiva: desde sus puertos podía observarse el tráfico atlántico y mediterráneo, mientras que la frontera con Francia y la proximidad de Gibraltar proporcionaban puntos estratégicos para seguir los movimientos de personas y mercancías.
La propia UNED ha descrito la España neutral de 1914-1918 como un escenario en el que coincidieron voluntarios, médicos, enfermeras, observadores, agentes secretos y redes de propaganda.
El túnel ferroviario de Somport, que comunica Francia con España por el Pirineo, estaba prácticamente terminado en 1914, pero la Primera Guerra Mundial interrumpió el proyecto ferroviario. El enlace internacional no entraría finalmente en servicio hasta 1928. Por tanto, no pudo desempeñar durante la Gran Guerra el papel logístico que tradicionalmente se le ha atribuido en algunos relatos divulgativos.
Para Francia, España fue un país proveedor de materias primas y un mercado por explotar cuya opinión pública hacía falta cuidar, mientras que Madrid era considerada por Alemania como una ventana para comunicarse con el mundo exterior.
España se convirtió en suministrador militar exclusivo y vital para la Entente gracias a su producción de cobre (para fabricar cartuchos), plomo (balas) y azufre (pólvora). Además, Francia y Gran Bretaña controlaban su producción mediante corporaciones como Río Tinto y Peñarroya.
La minería española adquirió una importancia estratégica durante la guerra. El cobre, el plomo, el hierro y las piritas fueron especialmente demandados por las industrias de los países beligerantes. Las cuencas mineras de Huelva y otras regiones españolas se integraron así en la economía internacional de guerra.
Los submarinos alemanes también hicieron la guerra a España
La neutralidad no protegió a la marina mercante española de los efectos de la guerra submarina. Los U-Boote alemanes atacaron buques españoles que transportaban mercancías hacia los países aliados, provocando importantes pérdidas de tonelaje y numerosas víctimas.
Las estimaciones sobre el tonelaje mercante español perdido durante la guerra varían según las fuentes, situándose aproximadamente entre 139.000 y 250.000 toneladas.
Puertos como A Coruña, Cádiz o Cartagena quedaron relacionados directamente con la presencia y actividad de submarinos alemanes.

La red de espionaje alemán disponía de una enorme cantidad de agentes por toda Europa, incluida España. Empezando por los cientos de tripulantes de los 95 buques alemanes y astrohúngaros refugiados en los puertos españoles, muchos de ellos en el de Cartagena.
El puerto de Cartagena fue uno de los escenarios mediterráneos relacionados con la guerra naval y la actividad de los servicios de inteligencia. Entre los buques de las Potencias Centrales que buscaron refugio en puertos españoles se encontraban numerosos mercantes alemanes y austrohúngaros.
La neutralidad española obligaba a internar determinados buques de guerra o a limitar su estancia en aguas españolas, convirtiendo los puertos en espacios donde diplomacia, vigilancia y guerra naval se entremezclaban.
Barcelona, entre espías, negocios y guerra submarina
Algunas estimaciones diplomáticas situaban en torno a 70.000 el número de ciudadanos alemanes residentes en España en 1916, aunque las cifras varían según las fuentes y el criterio utilizado. Una parte importante se concentraba en Cataluña, especialmente en Barcelona.
Barcelona fue uno de los principales escenarios de la actividad internacional durante la guerra. Su puerto, su industria y su intensa actividad comercial la convirtieron en un punto de interés para los servicios de inteligencia de los países enfrentados.
La ciudad acogía además una importante comunidad extranjera y se convirtió en uno de los principales centros de circulación de información, propaganda y mercancías vinculadas al conflicto.
Por su parte, la zona portuaria del Peñón de Gibraltar y alrededores se erigió como punto clave y determinante a la hora de establecer el dispositivo de vigilancia británico y control del tráfico naval y submarino.
Muchos espías internacionales emplearon las lujosas salas del Hotel Ritz como base de operaciones para conspirar. Entre los visitantes ilustres se encuentra la llegada en el mes de octubre de 1916 de la doble agente Margaretha Geertruida Zelle, conocida también con el sobrenombre de Mata Hari.
Se instaló en el hotel madrileño, en su segundo viaje a la capital de España, con el nombre de Condesa Masslov y operó en el Ritz hasta enero de 1917, poco antes de su muerte. Otra espía menos popular se alojaba en el Ritz, Marthe Richard, que trabajaba al servicio del gobierno francés.
El Ritz no fue el único gran hotel madrileño relacionado con aquella Europa en guerra. El Hotel Palace, inaugurado en 1912, también se convirtió durante la neutralidad española en punto de encuentro de aristócratas, empresarios, diplomáticos y extranjeros que habían llegado a Madrid huyendo del conflicto o atraídos por las oportunidades de la capital.
Los grandes hoteles madrileños funcionaron así como espacios de sociabilidad internacional, negocios, diplomacia y, en algunos casos, espionaje.
La embajada alemana de Madrid fue otro de los núcleos organizativos de la red germana de espionaje y sabotaje fuera de sus fronteras. También cobró especial relevancia la redacción del periódico El Sol, donde se preparó la campaña de denuncia de esas actividades.
Este diario nació en 1917 de la mano de Nicolás Mª de Urgoiti y se convirtió en el principal portavoz del reformismo liberal, con una línea editorial renovadora, crítico con los partidos dinásticos y aliadófilo de la Entente durante el conflicto.
Una España dividida por la guerra
La Gran Guerra se libró también en periódicos, cafés, tertulias, universidades y parlamentos españoles. La sociedad se dividió entre aliadófilos, germanófilos y quienes defendían la neutralidad.
El debate no era únicamente militar. Francia, Gran Bretaña y Alemania representaban para distintos sectores españoles modelos culturales, políticos y económicos diferentes. Escritores, periodistas y políticos utilizaron la guerra para discutir sobre el futuro de España.
La prensa se convirtió en un auténtico campo de batalla. Periódicos y revistas defendían posiciones contrapuestas y las potencias beligerantes trataron de influir en la opinión pública española.
El tributo de sangre española durante los años de la Gran Guerra estuvo en torno a las 4.000 bajas. Desde España se conformaron grupos de voluntarios para batallar en el frente.
En Cataluña se creó en noviembre de 1915 el Comitè de Germanor smb el Voluntaris Catalans. En Madrid, el musicólogo José Subirá y Puig constituyó el Patronato de Voluntarios Españoles en 1918, con el Duque de Alba como presidente y sede en el palacio de Liria.
El gran conflicto mundial no figuró nunca entre los objetivos de la política exterior de España, que tuvo que hacer frente con otro gran conflicto internacional en el Mediterráneo: la cuestión de Marruecos. El destino del Imperio jerifiano quedó sellado en la Conferencia de Algeciras de 1906.
Ante la esfera internacional, España quedaba como la segunda potencia con preponderancia en Marruecos, por detrás de Francia. Los llamados Acuerdos de Cartagena de 1907 dieron a España la apariencia de alianza que sirvió para que en Europa se considerase que Madrid estaba definitivamente en la órbita de la Entente franco-inglesa.
La frontera de Irún se convirtió durante la Primera Guerra Mundial en uno de los puntos más sensibles del territorio español. Por ella circulaban viajeros, diplomáticos, refugiados, mercancías y correspondencia entre España y Francia.
La frontera fue también un espacio de vigilancia y control donde las autoridades españolas debían mantener la neutralidad mientras al otro lado se libraba una guerra total.
La proximidad de San Sebastián a la frontera francesa convirtió la ciudad en refugio temporal de miembros de las aristocracias europeas y de visitantes extranjeros. Como otras ciudades españolas, se benefició de la posición neutral del país y experimentó una intensa vida internacional durante aquellos años.
Cuando la neutralidad empezó a pesar en los bolsillos
El problema fue que vender al exterior resultaba muy rentable mientras los consumidores españoles soportaban el encarecimiento de alimentos y productos básicos. La guerra alteró los precios, el comercio y el abastecimiento.
La aparente prosperidad de los años de guerra convivió así con un fuerte malestar social. La llamada “neutralidad” no significó prosperidad generalizada: produjo ganadores y perdedores.
Las tensiones económicas contribuyeron al clima social que desembocó en la gran crisis de 1917, en la que coincidieron conflicto político, malestar militar y movilización obrera.
La guerra profundizó las tensiones que ya sufría el sistema de la Restauración. La crisis política, militar y social se hizo especialmente visible en 1917 y continuó durante los años posteriores. La dictadura de Miguel Primo de Rivera, instaurada mediante golpe de Estado en septiembre de 1923, fue una respuesta autoritaria a una crisis que tenía múltiples causas y que no puede explicarse únicamente por la Primera Guerra Mundial.
10 lugares de España para recordar la Primera Guerra Mundial
1. Palacio Real de Madrid
La Oficina Pro-Cautivos de Alfonso XIII.
2. Hotel Ritz de Madrid
Diplomacia, aristocracia internacional y Mata Hari.
3. Hotel Palace de Madrid
Otro gran escenario de la vida internacional de la neutralidad.
4. Cartagena
Puerto estratégico y escenario de la guerra submarina.
5. Bilbao
Industria, mineral de hierro y comercio internacional.
6. Huelva / Riotinto
Minería y materias primas estratégicas.
7. Barcelona
Industria, espionaje, propaganda y conflicto social.
8. Cádiz
Guerra submarina y tráfico marítimo.
9. A Coruña
Otro de los puertos vinculados a la actividad naval de la guerra.

