Los vecinos de Churchill tienen la sana costumbre de no cerrar con llave la puerta de sus casas y sus coches para que cualquiera pueda refugiarse allí de toparse con un oso polar. Y es que en este remoto pueblo de la costa canadiense de Manitoba el riesgo no son los ladrones, sino estas bestias de hasta más de 600 kilos que, durante los meses cálidos que pasan en tierra firme, son capaces de aparecer, y hambrientos, cuando el viajero menos se lo espera. Bienvenidos a la capital mundial de los osos polares.
Los peligros del oso
Sin embargo, se cuentan por miles los visitantes que cada otoño pagan auténticas fortunas por vivir tan lejos la experiencia de salir a su encuentro. Extremando las precauciones, eso sí.

La historia de Churchill
Conozcamos antes un poco de historia sobre Churchill. La ciudad y el río recibieron su nombre como homenaje a John Churchill, duque de Marlborough (antepasado del que posteriormente sería primer ministro del Reino Unido, Wiston Churchill), que fue gobernador de la Compañía de la Bahía de Hudson a finales del siglo XVII.
Se estima que por la bahía de Hudson rondan cerca de un millar de osos polares. Salvo las hembras con crías recién paridas, que aguantan los peores fríos en sus madrigueras, los demás pasan la mayor parte del año sobre la costra de mar congelado, donde encuentran las focas que constituyen la base de su alimentación.
Cuando hacia finales de junio empieza el deshielo, estos fenomenales nadadores se ven obligados a migrar rumbo a los bosques. Aunque los osos no lo aprendieron en la escuela, saben por experiencia que el agua dulce se congela a temperaturas más altas que la salada, y cerca de Churchill son varios los ríos que descargan en el océano.
Esto explica que el mar se congele aquí antes que por otras zonas, que la capa de hielo aguante firme más tiempo y que, a resultas, se concentren en este punto cientos de ejemplares. No hay en el mundo lugar como este pueblo, que presume de ser la capital mundial del oso polar, donde más cantidad de ellos y más fácilmente se admiran.
Entre comienzos de octubre y mediados de diciembre, dependiendo de un clima cada vez más cálido e impredecible, la costra helada debería volver a formarse y los osos, tras meses sin prácticamente haber probado bocado, tienen prisa por salir a cazar. Esperando el momento de perderse por el Gran Blanco, se aproximan más a la costa, y a Churchill.
Excursiones para ver a los osos
Los Tundra Buggy, un extraño cruce entre camión todoterreno y prototipo espacial panorámico, sacan de excursión en pequeños grupos a los visitantes que quieren fotografiar a los señores del Ártico en su hábitat natural. No hay garantía absoluta de verlos, pero sí muchas posibilidades.
Además de estas expediciones, con opción a dormir en vehículos preparados, se ofrecen recorridos en helicóptero para seguir localizándolos desde el aire, paseos en trineos de perros, y hasta existe la posibilidad de hacer noche en unos lodges que, en plena naturaleza, multiplican la probabilidad de los avistamientos lejos de las hordas que invaden el pueblo en otoño.

