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Santes Creus: el esplendor del Císter

Santes Creus: el esplendor del Císter

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Santes Creus conserva entre sus muros el espíritu de las comunidades cistercienses medievales, como si el tiempo se hubiera detenido en las dependencias del monasterio tarraconense, como si el alma de aquellos monjes que lo fundaron hubiera quedado en cada rincón, en cada piedra del conjunto.

Resulta curioso que el conjunto religioso emite la quietud que la propia regla de san Bernardo imponía a sus fundadores, como si extramuros la vida pudiera seguir unas pautas alejadas del día a día del monasterio.

Santes Creus nació, como otros cenobios cercanos, cuando esta zona de Tarragona se vio libre de la influencia árabe, en plena Edad Media y una vez arrebatados los territorios a los moros. La comunidad, procedente del monasterio francés de Grandselve (Tolouse), se instaló primeramente en unos terrenos que en 1150 les cedió la casa de Montcada, en la zona de Cerdanyola del Vallés.

Sin embargo, los terrenos no eran los adecuados para el mantenimiento y crecimiento de la comunidad, dada la falta de agua y la infertilidad de las tierras. En vista de ello, el abad decidió buscar tierras más adecuadas. Los nuevos terrenos cedidos estaban en La Ancosa, cerca de La Llacuna, en la comarca barcelonesa de l’Anoia. Pero tampoco eran aptos para las necesidades de los monjes.

Entonces, el señor de Montcada pidió ayuda a los sellares de Cervelló y de Montagut, quienes cedieron los territorios de Santes Creus en 1160, un paraje situado en la comarca tarraconense del Alt Camp, a orilla del río Gaià.

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Claustro del monasterio de Santes Creus.

A partir de 1170, bajo el mandato del abad Pere, comenzó la construcción del conjunto monástico, incoándose la capilla de la Trinidad, que aún se conserva, siguiendo por el resto de la iglesia (consagrada en 1221), la sacristía, el locutorio, el primer claustro, que nunca llegó a estar terminado, la sala capitular y el dormitorio de los monjes.

Pedro III el Grande (1239-1285), el sucesor de Jaime I, en época del abad Giner, ordenó la construcción del palacio real y dispuso su sepultura en el monasterio, lo que también ocurrió con su hijo y sucesor Jaime II y con la esposa de este, Blanca de Anjou.

En 1313 se comenzó el nuevo claustro gótico, una de las piezas más bellas y emblemáticas de Santes Creus, por sus trazas flamígeras y porque presenta una impresionante decoración de figuras fantásticas y escenas religiosas. Siguieron otras obras, incluso se llegó a dotar de almenas al monasterio en época de Pedro IV el Ceremonioso (1376), quien ordenó su fortificación.

Santes Creus siguió adelante hasta que llegó la Guerra de la Independencia, cuando la comunidad tuvo que dejar el monasterio. No obstante, los monjes volvieron, aunque poco tiempo después, en 1820, los bienes del monasterio salieron a subasta. En 1823, la comunidad recuperó su vida en el cenobio, pero definitivamente tuvo que abandonarlo en 1835, a raíz de la desamortización de Mendizábal.

Tras la desamortización de Mendizábal, el monasterio se vio destruido y expoliado, hasta que un antiguo monje del cenobio, el padre Miguel Mestre, decidió detener el desastre. En 1921 se solicitó que Santes Creus fuera declarado Monumento Nacional y así ocurrió. Poco a poco el cenobio ha ido recuperando su grandeza y su pasado.

En Santes Creus el viajero hallará uno de los claustros más impresionantes del Císter que, a pesar de que los monjes ya no susurran sus oraciones mientras pasean por él, transmite al visitante una anhelada paz y una calma difícilmente explicables.

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Vista exterior del monasterio cisterciense./Maria Ros Ferre

El cenobio fue lugar de última residencia para personajes importantes, y no solo de Pedro III y Jaime II. Además estaban sepultados nobles de las casas de Medinaceli y Cervelló, así como el abad Ferrarar. También reposaban en sus tumbas respectivas el almirante Roger de Lauria, a los pies de Pedro III; el infante don Fernán Sánchez; la reina doña Margarita (esposa de Martín el Humano); los monjes de Bonrepós; los príncipes de Tarragona,…

La belleza de los monumentos funerarios reales es innegable. Ambos sepulcros cuentan con sus respectivas inscripciones. El de Pedro III el Grande, que fue rey de Aragón, está hecho de pórfido, traído por Roger de Lauria de Sicilia. De este modo, Jaime II enterró a su padre con la distinción de los emperadores romanos. Su tumba es la única que no ha sido profanada.

Al llegar al monasterio de Santes Creus, 35 kilómetros más al este de Poblet, el visitante comprueba su gran similitud con el citado compañero, con el que solo difiere en el tamaño. En Santes Creus se puede deambular sin prisas por el recinto ya que, al no estar habitado por monjes, no se interfiere en su ambiente y, además, es posible entrar en estancias que habitualmente se considerarían privadas.

Cómo llegar: En coche, tomar la autopista AP-2 dirección Lleida-Barcelona y coger la salida 11 Santes Creus-Valls-Vila-rodona.

Dónde dormir: Albergue Pere el Gran; Carrer font del Camp, 4; 43815 Santes Creus (Tarragona); teléfono: 695186873.

Dónde comer: Cal Mosso; Plaça de Sta. Llúcia, 4; 43815 Aiguamúrcia (Tarragona); teléfono: 977638484.

Javier Ramos Soy periodista y experto universitario en protocolo. He trabajado en diferentes medios de comunicación como 20 minutos, Las Provincias o Diario 16. Ahora colabora en blogs y publicaciones digitales.

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