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El curso del río Tíber a su paso por Roma

El curso del río Tíber a su paso por Roma

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Roma, sin el Tíber, no habría existido nunca. El río ha sido siempre el alma de la ciudad, su bendición y, a veces, su desdicha. Navegar por él significa revivir la magia de ese antiguo matrimonio. Contemplado desde lo alto, el curso fluvial fluye como una imponente serpiente de agua que parte en dos la capital italiana. El viajero puede descubrir Roma vista desde el río si inicia el descenso desde Ponte Milvio, el antiguo Ponte Mollo, el más antiguo de la ciudad, construido con madera en el siglo II a.C. Sobre su estructura el emperador Constantino venció a su rival Majencio en la batalla que da nombre al puente en el año 312 y que sentó las bases del Cristianismo

La navegación en barcos de línea comienza en el majestuoso Ponte Duca d’Aosta, inaugurado en la época fascista de Mussolini, que une la ciudad con el complejo del Foro Itálico. Tras pasar por una zona de barrios residenciales se sigue la ruta hacia el centro de Roma y se sobrepasa el Ponte Risorgimento, sin encontrar huella alguna de los viejos establecimientos fluviales en los que se desarrollaba la vida nocturna en los años 50.

Después de él, y del Ponte Nenni, sobre el que circulan los trenes del metro, se llega a la Piazza del Popolo y al Ponte Regina Margherita, que lleva a la vieja zona del puerto viejo de Ripetta, en el barrio de Pratti. Aquí llegaban mercancías y pasajeros de Umbría y Sabina, y de aquí partió la primera nave a vapor por el Tíber, en 1845.

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Puente de Sant’Angelo con la Basílica de San Pedro al fondo./Nono vlf

Siguiendo el descenso se llega al Ponte Cavour (1901) y al Museo delle Anime del Purgatorio, adyacente a la iglesia del Sacro Cuore, que guarda las huellas dejadas por las ánimas del Purgatorio en tejidos, mesas de madera y breviarios. Uno de los cruceros por el Tíber parte del muelle bajo el Ponte Sant’Angelo, antiguo Ponte Elio, que unía la ciudad con el Mausoleo del emperador Adriano, sobre el que hoy se levanta el Castillo de Sant’Angelo.

Edificado en el siglo II es el único puente antiguo que ninguna crecida del Tíber ha logrado destruir o dañar, y muestra ángeles en bronce atribuidos erróneamente a Bernini. La vecina Basílica de San Pedro, con la cúpula que se recorta en el horizonte, hace más fascinante la atmósfera.

Bajo el Ponte Sant’Angelo, a la izquierda el castillo, se encontraba la Galleggiante del Ciriola, famosa barcaza del Tíber, establecimiento balneario de la juventud del barrio de Borgo entre los años 40 y 70. A pocos metros de aquí, los romanos y turistas siguen tomando el sol a la orilla del río en el Tevere Village. El crucero continúa hacia el sur, en dirección al Ponte Vittorio Emanuelle, de comienzo del siglo XX, que une las dos orillas siguiendo la calle del mismo nombre.

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Isla Tiberina./ Mac9

Más allá se atraviesa el corazón de la Roma histórica: a la izquierda, Campo de Fiori, con sus espléndidos edificios, entre ellos el Palazzo Farnese; a la derecha, el Gianocolo, la octava colina de Roma, que sobresale de la cárcel de Regina Coeli. El tramo del río que une el Ponte Mazzini con histórico Ponte Sisto conduce al viajero a los tiempos en que Roma era una ciudad en las que las villas descendían suavemente por el río. El centro del Tíber lo domina ahora el renacentista Ponte Sisto, otro símbolo de Roma, construido por el Papa Sixto IV, en 1475, para aligerar el tráfico de peregrinos hacia la Basílica de San Pedro.

El Ponte Garibaldi, terminado en 1888, une el Trastevere con el centro historio y sirve casi de puerta fluvial para llegar a la Isla Tiberina. Centro de salud desde su origen, la isla está unida a tierra firme por el Ponte Cesio, por el lado de Trastevere, y el Ponte Fabricio, en el lado del Ghetto. Después de la isla aparecen los restos del Ponte Rotto, antes Ponte de Santa María, destruido por la crecida de 1598.

Más allá, a la altura del barrio Testaccio, en la orilla derecha, se levantaba el puerto fluvial de Ripa Grande, con aduana, torre-faro y oficinas. Un poco más allá está el Monte Testaccio o Monte dei Cocci, surgido al acumularse, una tras otra, las ánforas rotas en las operaciones de carga y descarga.

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Puente Milvio./Anthony Majanlahti

El paisaje cambia al elegir el tercer crucero en el río, de 34 kilómetros de longitud, que separa el Ponte Marconi de las ruinas de Ostia Antica, a bordo del barco Calpurnia. Después de pasar el barrio Ostiense se llega al Ponte de Spinaceto, a cuya altura, a la derecha, se abre el foso de Galleria y, a la izquierda, el de Spinaceto, articulación fluvial y etapa intermedia entre Fiumicino y Ripa Grande. Más adelante comienza la Riserva Naturale del Litorale Romano, 15.900 hectáreas de área mediterránea, pinares, bosques y canales de saneamiento.

En Roma abundan los hoteles con historia, situados en edificios con mucho pedigrí. Pero tampoco faltan los alojamientos vanguardistas donde prima el diseño. Tanto en estos cono en otros, el servicio es de categoría. En la capital de Italia el viajero también puede alojarse en buenos hoteles, céntricos y a un precio muy razonable. El alojamiento en Roma es, en líneas generales, amplio, variado y adaptado a todo tipo de bolsillos si se busca y reserva con antelación.

Para conocer un poco mejor la historia de Roma recomiendo un libro que estoy leyendo: Roma: Una historia cultural, de Robert Hughes. No obstante, si el viajero es más partidario de echar manos de las guías turísticas convencionales, algunas que puede utilizar son Guía Visual Roma (GUIAS VISUALES) o Roma. En un fin de semana: 2014.

Dónde dormir: Hotel Romulus; Via Salaria, 1069; Roma (Italia); teléfono: +39 06 880 1669.

Dónde comer: Ristorante I Due Leoni; Via Ugo Ojetti, 416; Roma (Italia); teléfono: +39 06 8208 3575.

Javier Ramos Soy periodista y experto universitario en protocolo. He trabajado en diferentes medios de comunicación como 20 minutos, Las Provincias o Diario 16. Ahora ejerzo labores de community manager, colaboro en blogs y publicaciones digitales. Autor del libro 'Eso no estaba en mi libro de Historia de Roma'.

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