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Los campos de concentración del franquismo

Los campos de concentración del franquismo

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Estuvieron condenados al hambre, al frío del invierno y al calor del verano, a la espera en el campo a veces sine die, a las palizas, a la sed, al aburrimiento, al miedo al aval y a la delación. Miles de prisioneros contrarios al régimen padecieron en los más de 180 campos de concentración repartidos por la geografía española las penurias a las que les conminó el franquismo durante la Guerra Civil española y la postguerra, en concreto el periodo de 1936 a 1942.

El caudillo se apoyó en una tupida red de campos de concentración y de explotación de mano de obra republicana para asentar su poder. Las cifras escandalizan. Llegó a haber 500.000 internos en los campos entre prisioneros de guerra y presos políticos que fueron utilizados como mano de obra forzosa para trabajos de reconstrucción y obras públicas. Según las fuentes históricas, en los campos los condenados debían hacer frente a una vida de privaciones, a la falta de libertad, enfermedades, piojos, frío, interrogatorios y crueldades variopintas. A los internos se les reeducaba y torturaba tanto física como psíquicamente.

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Presos republicanos en un campo de concentración franquista.

Los campos de concentración comenzaron a abrirse en noviembre de 1936 para regular el tratamiento de los prisioneros de guerra que en 1937 fueron regulados mediante órdenes específicas como la General de Clasificación de marzo y centralizados en la Inspección de Campos de Concentración de Prisioneros. Se levantaron en localidades como Zaragoza, Burgos, La Coruña, Ávila y Talavera de la Reina. A partir de 1937 la red abarcaría prácticamente todas las zonas geográficas de la retaguardia franquista.

También se abrieron los campos de Orduña (el colegio de los jesuitas) y Murgia (el de los PP. Paules), en Vizcaya y Vitoria respectivamente, así como el de Miranda de Ebro, para apoyar el trabajo de las Comisiones Clasificadoras (la primera en funcionar fue la de Burgos) creadas desde 1936 a las órdenes de los Auditores de Guerra.

Ya a mediados de 1937 estaban en funcionamiento tres Batallones de Trabajadores forzosos, una pequeña muestra de las docenas que acabarían siendo empleados en las retaguardias de Franco hasta bien entrado el año 1942. Durante la Guerra Civil, el empleo de la mano de obra forzosa de los prisioneros de guerra se convirtió en algo habitual. Las industrias metalúrgicas y minas de Bilbao, las carreteras de Santander, las intendencias militares de Sevilla, el tendido de puentes en Castilla o el vareado de las olivas en el Bajo Aragón fueron algunas de las obras en las que trabajaron forzosamente los disidentes.

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En el antiguo campo de concentración alicantino de Los Almendros un monolito conmemora el recuerdo de los presos.

En 1937 fue la zona del norte de la península la que más se pobló de centros de internamiento: a los campos de Estella (Casa Blanca y Monasterio de Irache) en Navarra, la Universidad de Deusto en Bilbao tras su caída el 19 de junio, Pamplona, Aranda de Duero, Logroño, Burgos (el campo del Monasterio de San Pedro de Cardeña), se les fueron añadiendo más por otras zonas del país: Badajoz, Mérida, Cáceres o Talavera de la Reina.

Tras la toma de Gijón por el bando nacional, la necesidad de espacio para internamiento y clasificación de prisioneros cristalizaron en la instalación de los nuevos campos de Asturias, en Llanes, Celorio, Gijón, Avilés, Candás, Oviedo (La Cadellada), Luarca, Andes, Infiesto, Pola de Siero, con un total aproximado de 30.000 convictos; y en Galicia, los de Ribadeo, Santa María de Oya y Celanova, con un número aproximado de 10.000 prisioneros.

Al poco de iniciarse 1939, el año de la victoria del bando nacional, el total de prisioneros al mando de la ICCP (Inspección de Campos de Concentración de Presioneros) era de 277.103 en campos de concentración, y de 90.000 en Batallones de Trabajadores. Ese mismo año se dispuso la creación de nuevos campos para la ocupación final de Cataluña. Reus y Tarragona, se estabilizarían el de Barbastro y los de Lleida, y al poco al de Cervera, como centro de evacuación, y Manresa.

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Batallones de Trabajadores en Nanclares de Oca (Álava)

Se mandó la concentración de prisioneros en Huelva y el cuartel de La Aurora de Málaga, para 2.000 y 3.000 prisioneros respectivamente, mientras que los campos de Pamplona y Estella servían para internar y clasificar a los repatriados por Irún. Y desde febrero se emplearían, de manera masiva, plazas de toros habilitadas como campos para a evacuar por mar a los prisioneros del norte y Cataluña.

España llegó a parecer un inmenso campo de concentración en abril de 1939, con el final de la Guerra Civil. Más de 300.000 internos habían pasado por ellos durante los años de la contienda, y casi 200.000 más habrían de dar con sus huesos tras las alambradas de la derrota con el fin de las ocupaciones militares. Esta tétrica situación se mantuvo hasta 1942, fecha en que los prisioneros de guerra dejaron de depender de la voluntad del Ejército vencedor en la Guerra Civil.

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Los campos de concentración y trabajo forzoso se distribuían por casi todo el país.

En ese año, clausurados ya en su inmensa mayoría los campos franquistas, los últimos prisioneros de 1939 finalizaron su ‘deuda’ con la España de Franco, pagada con trabajos forzosos. Otros muchos murieron fusilados en la inmediata posguerra. Más todavía fueron cuantos dieron con sus huesos en las cárceles.

El último campo de concentración, el de Miranda de Ebro (Burgos), fue cerrado en 1947. Aparte de los campos de concentración de España, se cree que en el exilio de republicanos a Francia cerca de 10.000 españoles acabaron en campos de concentración nazis, sin que el ministro de exteriores de Franco, Ramón Serrano Súñer, hiciera nada por salvarlos. Los pocos que se salvaron no pudieron regresar a nuestro país. Algunas fuentes destacan varios campos de concentración repartidos por el país: de los Almendros y Albatera (Alicante), Castuera (Badajoz), Cartuja de Porta Coeli (Valencia) o La Corchuela (Sevilla)

La información obtenida para elaborar este artículo procede en su mayoría de los trabajos de investigación llevados a cabo por el historiador Javier Rodrigo (Universidad Autónoma de Barcelona)

Dónde dormir: Hotel Ciudad de Miranda; Calle Estación, 80-82; Miranda de Ebro (Burgos); teléfono: 947347636.

Dónde comer: Restaurante La Parrilla; Carretera de la Ronda de Castuera, 94; Castuera (Badajoz); teléfono: 924760753.

Javier Ramos Soy periodista y experto universitario en protocolo. He trabajado en diferentes medios de comunicación como 20 minutos, Las Provincias o Diario 16. Ahora ejerzo labores de community manager, colaboro en blogs y publicaciones digitales. Autor del libro 'Eso no estaba en mi libro de Historia de Roma'.

Comment(3)

  1. Hola.
    Conozco el trabajo de Javier Rodrigo y me parece que es un autor serio y fiable.
    ¿De dónde procede la infografía que incluyes en este artículo? Hecho en falta algún campo, por ejemplo el de Ronda, Antequera y otros, que él cita en su libro “Cautivos”.
    Gracias!

    1. Hola Coco,

      Coincido contigo en la recomendación del libro ‘Cautivos’, una obra clave para entender los entresijos del régimen y que pone de relieve la parte oscura de su gobierno y posterior represión tras la Guerra Civil.

      Saludos!

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