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Islas Columbretes (Castellón)

Islas Columbretes (Castellón)

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Es un archipiélago de origen volcánico que encierra un paraíso ecológico y se ha convertido en uno de los lugares favoritos del submarinismo mundial por sus bellas formaciones de coral rojo y por la belleza de su fondo marino. Su hermosura es indudable. Pero su historia no está exenta de interés. Antes las islas estaban infestadas de serpientes, motivo por el cual los navegantes fenicios, griegos y romanos las llamaron islas de Ophiusa o Colubraria, pero en el siglo XIX se incendió intencionadamente la isla mayor para terminar con la plaga que tanto incomodaba a pescadores, contrabandistas y fareros. Incluso se utilizó una piara de cerdos para exterminarlas por completo. Son las islas Columbretes.

Apenas a dos horas del puerto de Castellón destacan en el horizonte los oscuras perfiles volcánicos de las islas más desconocidas del Mediterráneo, conformadas hace un par de millones de años debido a los grandes cambios en la corteza terrestre que se produjeron durante todo este tiempo en el Mediterráneo. Una tranquila ensenada rodea sus cuatro islotes principales: Grossa, Ferrera, Foradada y Carallot. Las islas son hoy solitarias, pues únicamente investigadores y técnicos de la reserva natural residen temporalmente en la isla Grossa, pero se sabe que estuvieron pobladas desde la época de las colonias griegas. El último farero abandonó la isla en 1975, cuando se automatizó la luminaria.

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Las islas Columbretes.

Las cabras y cerdos traídos por los hombres a las islas se alimentaron de su vegetación, que acabó desapareciendo paulatinamente, puesto que la tala para la obtención de la leña también fue práctica cotidiana de sus antiguos pobladores. La escasa vegetación quedó maltrecha, pero contemplar las magníficas matas de lentiscos, palmitos y zarzaparrillas que cubren hoy la superficie de isla Ferrera son la prueba de una recuperación vegetal de las Columbretes muy cercana a sus sistema primigenio.

Al poner el pie en el puerto de Tofiño se pisa la única isla del archipiélago en la que el viajero puede desembarcar, la isla Grossa, ya que la geografía abrupta de verticales acantilados del resto de las islas lo hace imposible. Para empezar, hay que ascender los 67 metros de desnivel del único sendero que posee hasta llegar a su faro. Desde allí es fácil deleitarse con con las serenas panorámicas de las islas escollos que surgen como chimeneas y pequeños cráteres a su alrededor.

Esta isla, l’illa, como la llaman los pescadores, ocupa una extensión de apenas 10 hectáreas. Se trata de un cono volcánico del que sólo son visibles tres cuartas partes de su circunferencia. Dos colinas unidas por una lengua de roca volcánica apenas cubiertas de nopales y matorrales bajos enmarcan el antiguo cráter que forma una bahía natural abierta hacia el este, refugio para los barcos siempre que no salte el temporal de levante.

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Aves como gaviotas y halcones habitan en el ecosistema de las islas castellonenses.

En lo alto de una de las colinas, de nombre Mont Colobrer (68 metros de altura), destaca una mansión construida a mediados del siglo pasado sobre la que se erige el faro. En dirección sur se encuentra la otra colina, en la que hay una torre de señales, y más abajo un minúsculo cementerio con seis tumbas, la mayoría de ellas pertenecientes a miembros de las familias de fareros que desde 1845 han estado al cuidado del faro.

Las islas sirvieron durante años como blanco de tiro para los aviones de la armada estadounidense primero y de la aviación española después. Las huellas de esta actividad son visibles. En una de las paredes de La Foradada hay incrustada una bomba, y en los fondos que rodean las islas también se pueden ver algunas bombas intactas y restos de muchas otras.

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Las aguas de las Columbretes son un paraíso para los submarinistas.

El parque natural abarca 19 hectáreas de islas y 4.400 hectáreas de fondos. En superficie hay especies endémicas interesantes, como lagartijas de variadas filiaciones, halcones de Eleanor, gaviotas de Audouin, pardales de cenicientas y otras aves migratorias. Las Columbretes son para esas especies un puente entre las marismas del sur de Francia y la Albufera de Valencia en sus dos migraciones anuales, en primavera y otoño. La vegetación es escasa, con plantas de origen peninsular, aunque evolucionadas y adaptadas a las condiciones de extrema salinidad y que han formado subespecies propias.

Mención aparte merecen los fondos marinos, antaño ricos en corales y tortugas, con abundante pesca, que han constituido un tradicional caladero para los pescadores castellonenses. Nadando en la inmensidad de sus aguas, el viajero apasionado del submarinismo tendrá fácil encontrarse con sargos, doradas y cobras.

De maravillas naturales puede presumir la provincia de Castellón. Junto a las Columbretes, otro espacio digno de ver son las cuevas de Sant Josep, una cavidad subterránea por las que discurre uno de los pocos ríos subterráneos navegables de Europa, con una longitud de casi 3.000 metros, situadas en la localidad de la Vall d’Uixó. Si el viajero prefiere decantarse por otro turismo de cariz más histórico o medieval, bien puede dirigirse al precioso pueblo de Morella y disfrutar de su casco viejo, o bien conocer los últimos parajes por donde merodeó el último cátaro, Guillem de Balibaste, en Sant Mateu.

Dónde dormir: El Jardín Vertical; Carrer Nou, 15, 12192 Vilafamés (Castellón); teléfono:
964329938.

Dónde comer: Can Roig; Camino Manyetes, s/n; 12579 Alcossebre (Castellón); teléfono:
964412515.

Javier Ramos Soy periodista y experto universitario en protocolo. He trabajado en diferentes medios de comunicación como 20 minutos, Las Provincias o Diario 16. Ahora colabora en blogs y publicaciones digitales.

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