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La Constantinopla romana, la Bizancio otomana, es Estambul

La Constantinopla romana, la Bizancio otomana, es Estambul

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Estambul fascina y aturde. El síndrome de Stendhal está asegurado, si uno es consciente de su herencia. Al tiempo, su enormidad produce desazón. Cada mañana y cada tarde, medio millón de comerciantes atascan los dos puentes del Bósforo para atender sus bazares. Pero, sobre todo, Estambul es una ciudad que desconcierta. Esta ciudad privilegiada, que sirve de corchete entre dos continentes y de pasillo entre tres mares, fue Constantinopla, capital de la parte oriental del Imperio romano. Después se transmutó en la Bizancio heredera del clasicismo, en una Europa arrasada y bárbara. Y fue también la Estambul floreciente del Imperio Otomano.

Para hacerse una idea el esplendor de Constantinopla y de su heredera Bizancio, hay que ascender a ese olimpo frondoso que es la explanada de Sultanahmet. Allí, entre turistas y comerciantes siguen impávidos los perfiles clásicos del emperador y sus cortesanos en el obelisco del hipódromo; allí puede barruntarse el colonialismo de una cultura que para obtener una simple cisterna enterraba un palacio de columnas ciclópeas.

Y sobre todo está ese prodigio arquitectónico de Santa Sofía: tras ojear en los jardines de los pecios de las dos basílicas precedentes, puede uno sumergirse bajo esa escalada de cúpulas y contemplar sus mosaicos de oro. Cristos, vírgenes y emperadores oferentes siguen ahí, a pesar de que el templo fue convertido en mezquita; aunque desde hace tiempo es un museo y no lugar de culto, para no herir sensibilidades.

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La colosal Mezquita Azul./Dersaadet

Para contemplar los esplendores del Imperio Otomano no hace falta andar mucho. Junto a Santa Sofía está la ciudad palatina de Topkapi, con sus plazas, pabellones, museos, el harem… Y enfrente está la mezquita de Sultanahmet o Mezquita Azul, por los azulejos que revisten su estructura, copiada de Santa Sofía y elevada a prototipo de mezquita otomana. Pero hay que andar, y bastante, si uno quiere abarcar el resto de mezquitas y otros edificios otomanos. Media docena de mezquitas son imprescindibles, entre ellas las que hizo para Solimán el Magnífico su arquitecto Sinán.

Luego están los bazares. El Gran Bazar es en sí una mini ciudad, aunque algo agobiado por los turistas. Tampoco el Bazar de las Especias escapa a la mixtificación turística. A caballo entre la historia y la praxis están los baños, algunos tan venerables como Çagaloglu o Çemberlitas. En cualquier caso rebuscar por los bazares, relajarse en el hammam o fumar la pipa de agua en los cafetines es manera propia en esta ciudad de coser etiquetas de prestigio histórico a los gestos cotidianos.

Una de las recomendaciones para el viajero pasa por no perderse la puesta de sol sobre el Cuerno de Oro desde el Café Loti o hacer un breve crucero por las entrañas nocturnas del Bósforo. Navegando en dirección opuesta podrá llegar a las Islas de los Príncipes.

Turquía es un paraíso para los viajeros amantes de la historia. Dos ciudades tracias tientan al viajero que se dirige al Egeo: Iznik, la antigua Nicea, sede del primer concilio ecunémico cristiano (325), y Bursa la verde, ciudad importante por sus aguas termales, sus montañas o pistas de esquí, y también por su biografía: fue la primera capital otomana, y de esa época (siglo XV) conserva la Tumba Verde de Mehmet I y familia y la Mezquita Verde.

De vuelta a Estambul, el Estrecho de los Dardanelos es un brazo marino que comunica el Mar Negro con el Egeo y se estrecha hasta los 1.200 metros. Por aquí tuvo lugar la batalla de Galípoli (abril de 1915 a enero de 1916) durante la I Guerra Mundial. Más de medio millón de infelices murieron en la península.

Otra opción dentro de los viajes a Turquia para conocer su historia es coger un ferry y atracar en Çanakkale, cuyo mayor atractivo se encuentra a un par de leguas del casco urbano; se trata del yacimiento de Troya. Más al sur llegamos a uno de los lugares simbólicos de la Antigüedad: Pérgamo. Su biblioteca era tan célebre como el altar de Zeus, una de las siete maravillas del mundo que los arqueólgos del káiser alemán se llevaron a Berlín a finales del siglo XIX. Siguiendo más al sur se vierte al mar la inquieta Izmir, la antigua Esmirna, la tercera ciudad más grande de Turquía.

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Santa Sofía./Robster1983

Muchos otros viajeros paran en Kusadasi de camino a Éfeso, una de las urbes mejor conservadas de la Antigüedad. Se necesita bastante tiempo para recorrer sus calles, sus templos, sus dos teatros, fuentes monumentales, mercado, prostíbulos y, sobre todo, esa filigrana ejemplar que es la Biblioteca de Celso. El célebre templo de Artemisa, una de las Siete Maravillas del Mundo, fue desmantelado para armar la basílica y martyrium de San Juan, que superaban a los primitivos de San Pedro en Roma.

Finalizamos la ruta por la Turquía histórica en Bodrum, la antigua Halicarnaso, patria de Heródoto, considerado el padre de la Historia, y solar del conocido mausoleo y tumba del sátrapa Musolo, otra de las Siete Maravillas del Mundo. No está de más que el viajero interesado en visitar Turquía siga algunos consejos para que su aventura sea lo más plácida posible.

Dónde dormir: Barceló Eresin Topkapi; Millet Caddesi, 186; Estambul (Turquía); teléfono: 00902126311212.

Dónde comer: Sarniç; Sogükçesme Caddesi, s/n; Estambul (Turquia); teléfono: 00902125124291.

Javier Ramos Soy periodista y experto universitario en protocolo. He trabajado en diferentes medios de comunicación como 20 minutos, Las Provincias o Diario 16. Ahora ejerzo labores de community manager, colaboro en blogs y publicaciones digitales. Autor del libro 'Eso no estaba en mi libro de Historia de Roma'.

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