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Estación ballenera vasca de Bahía Roja (Canadá)

Estación ballenera vasca de Bahía Roja (Canadá)

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Hubo un tiempo, allá por el siglo XVI, que unos intrépidos balleneros vascos, pocos años después de la conquista de América por Cristóbal Colón, hicieron de la isla canadiense de Terranova uno de los asentamientos más antiguos y completos de la tradición europea en estas lides oceánicas. Todavía se conservan vestigios de este asentamiento, denominado Gran Baya por sus fundadores, que fue alzado hacia 1530 a la orilla del estrecho de Belle Isle.

Además de restos de embarcaderos y de los hornos que se utilizaban para fundir la grasa de las ballenas, en el centro para visitantes del Sitio Histórico Nacional de Bahía Roja es posible ver una chalupa de más de cuatro siglos de antigüedad, el bote ballenero más antiguo conocido de Norteamérica. En junio de 2013, la Unesco inscribió en su Lista del Patrimonio Mundial la estación ballenera vasca de Bahía Roja, en Canadá.

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La Estación Ballenera de Bahía Roja es Patrimonio de la Humanidad.

No muy lejos de este enclave, la Unidad de Arqueología Subacuática de la Oficina de Parques Nacionales de Canadá ha encontrado restos de varias naos vascas. Estos y otros hallazgos (se sabe al menos de la existencia de 16 puestos pesqueros en la región) demuestran la intensa actividad que mantuvieron en la zona estos marinos. Su objetivo era, sobre todo, la ballena franca glacial, que estos ya venían cazando al menos desde la Edad Media en aguas del golfo de Vizcaya. De hecho, también es conocía como ballena de los vascos.

En Bahía Roja los marinos vascos extraían la grasa de los cetáceos para preparar aceite, que se vendía en Europa como combustible. El Tratado de Utrecht, de 1713, que puso fin a la guerra de Sucesión española, impidió el acceso de embarcaciones de nuestros país a Terranova, lo que marcó el ocaso de la industria ballenera vasca. Este sitio arqueológico cuenta en la actualidad con vestigios de hornos para fundir la grasa, embarcaderos, viviendas provisionales y un cementerio, así como restos submarinos constituidos principalmente por pecios y osarios de ballenas.

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Red Bay se sitúa en la isla de Terranova.

La estación ballenera vasca de Bahía Roja es el testimonio más antiguo, integral y mejor preservado de una estación balnearia preindustrial en la zona del Ártico. Durante los siglos XVI y XVII miles de arrantzales vascos emprendían cada año el arriesgado viaje, en pos del preciado botín: la grasa del cetáceo. Pasaban allí seis meses cada temporada.

Los principales sitios de la propiedad canadiense, y la isla Saddle en particular, cuentan en total con los restos de alrededor de 15 edificios para los hornos de procesamiento usados para derretir la grasa de ballena y producir aceite.

Son unas cuantas las leyendas que rodean a la figura de los balleneros vascos. Una les sitúa en el continente americano en el año 1375, exactamente en la isla de Terranova, más de 100 años antes de la llegada al Nuevo Mundo del almirante genovés. Pero no eran conquistadores, sino pescadores con fama de corsarios o piratas. No mataban indios sino ballenas para su sustento e industrias.

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Los pescadores vascos extraían el aceite de las ballenas para emplearlo como combustible.

Otras fuentes históricas señalan que partieron una veintena de hombres desde el Golfo de Vizcaya y Bayona en el año 1412 donde más tarde arribaron al territorio de Terranova. Y es que hay datos que corroboran la existencia de balleneros vascos ya en el año 760 de nuestra era. Otros los emparentan con los vikingos, sobre todo por su coincidentes construcciones navales. Por desgracia no existe evidencia arqueológica de todo esto.

Quizá la pieza más sobresaliente del yacimiento de Bahía Roja es el barco vasco que se ha convertido en una de las mayores joyas de la arqueología submarina. Se trata del galeón San Juan, un ballenero construido en Pasajes y que se hundió en Red Bay en el verano de 1565 cuando, cargado de aceite de ballena, se disponía a regresar a la costa vasca.

Javier Ramos Soy periodista y experto universitario en protocolo. He trabajado en diferentes medios de comunicación como 20 minutos, Las Provincias o Diario 16. Ahora ejerzo labores de community manager, colaboro en blogs y publicaciones digitales. Autor del libro 'Eso no estaba en mi libro de Historia de Roma'.

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