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Ana Capsir: “Los lugares no significan nada; es la gente la que protagoniza las historias”

Ana Capsir: “Los lugares no significan nada; es la gente la que protagoniza las historias”

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Llegar a Ítaca algo más de tres mil años después del legendario Ulises sigue siendo una pequeña odisea. La isla griega se asoma como una reducto pequeño, rudo y de forma desgarbada, que atisba su perfil montañoso sobre el mar Jónico. Ana Capsir ha sabido concentrar en su libro la magia que encierra Ítaca y otros escenarios de Grecia. Viajes a Ítaca (Ediciones Casiopea) es una aventura en el tiempo al corazón del país heleno, es pura esencia griega, y es también un relato intimista y sencillo que nos toma de la mano para conocer un lugar con mucha historia.

25 años viajando, que se dice pronto, casi toda una vida navegando. ¿Qué se va a encontrar el lector que descubra Mil Viajes a Ítaca?
El libro es un relato de viajes en barco, porque es mi profesión y mi forma de vida y porque la mayoría de las anécdotas surgen viajando en un velero. Pero que el lector no espere un relato náutico, aunque a veces me traicione el bello lenguaje marinero. Los diarios de navegantes siempre me han resultado aburridos.

¿Es una guía de viajes al uso? ¿Cómo definiría su obra?
Tampoco es una guía de viajes; en plena era de redes sociales, donde todo está descrito, descubierto, opinado, calificado y desnudado, no tendría ningún sentido perder el tiempo en ello. Son pequeños relatos que constituyen pinceladas de un cuadro grande. Como los puntillistas que, a base de puntos inconexos, creaban una imagen. Son las pequeñas anécdotas las que te mueven a escribir. Yo no sé hacerlo de otra forma, son ellas las que llaman a mi puerta para que las cuente. Muchos me dicen: “Pero es que lo que tú ves en Grecia no lo veo yo”. Siempre me entusiasman las instantáneas de los fotógrafos, que ven lo que tú no has visto, aunque estabas presente en el mismo momento y lugar. Él cierra su objetivo sobre una escena minúscula y te hace recapacitar más que todas tus panorámicas. La mirada del buen observador. Esa capacidad de síntesis y de transmitir sentimientos.

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Ana Capsir presenta este lunes en Alicante su libro ‘Viajes a Ítaca’

¿Le ha servido de inspiración las andanzas del héroe Ulises?
Homero es el gran cuentista por excelencia y La Odisea el libro que se relee una y otra vez, extrayendo en cada lectura nuevo significado. A nadie se le escapará que el título tiene relación con el elocuente poema de Caváfis, Ítaca, para iniciar uno y mil viajes. Nunca nada más cierto. Para mí, los múltiples viajes a esa Ítaca ilusoria han supuesto un enriquecimiento que compensa todo el esfuerzo. He aprendido una lengua apasionante, como el griego, que conecta con la historia, con los inicios de la música, con la mitología, con la astronomía, con la meteorología; he aprendido recetas ancestrales, los ciclos de las estrellas, los nombres de los vientos; he conocido a amigos importantes para mí, cada vez que tiraba de un hilo me surgían cientos más que no me dejaban dormir por las noches. Ítaca es una entelequia, una isla flotante en la bruma de nuestra mente. Ni siquiera se tiene la certeza de que la isla llamada Ítaca, sea la homérica, pero en el fondo da igual, es solo la disculpa para seguir viajando.

¿Conoció Grecia con motivo de su trabajo o llegó allí por azar?
Hace 25 años, un día salimos rumbo a Oriente; de ahí vendría lo de orientarse; y siguiendo los consejos que Calipso dio a Ulises, dejamos siempre a nuestra izquierda “la que nunca se baña en el mar”. La Polar, con su carro, enfrentado a Casiopea. El nombre de la editorial que primero me contestó. A veces, las casualidades griegas son de origen divino y los marinos somos muy supersticiosos, así que me decante por ella.

¿Por qué Grecia? ¿Qué le atrajo aquel país para que le llevara a escribir un libro?
Difícilmente un navegante puede evitar un país donde el amor entra por las ventanas cuando las abres y nunca te puedes esconder de él. Casi 2.000 islas para recalar. Teniendo en cuenta que cada una de ellas, de las islas, conforma un universo privado y segregado de las vecinas. La islomanía de los locos navegantes, que decía Laurence Durrell, la necesidad de sentirse rodeado por todos lados por el agua, la glotonería por conocer cada una de ellas y extraer sus chismes ocultos. También fue culpable la literatura que siempre llevamos a cuestas. Tierra de héroes de nuestros libros infantiles, como Jasón, Medea, Aquiles, Hércules y de grandes hábiles pillos, como Ulises, el rico en ardides. Como diría el más grande narrador de historias, Homero: “Estas dos cosas son un motor más poderoso que el viento para impulsar un barco”.

Y de este país, ¿con qué lugar se queda?
Los lugares no significan nada; es la gente la que protagoniza las historias. Así que en principio te diría que todos, no hay lugares predilectos, pero sí anécdotas interesantes.

Somos hijos de la cultura helena. ¿Qué le debemos a la cultura de la antigua Grecia?
Le debemos nuestra forma de concebir el mundo, el inicio del pensamiento científico, el placer de saber por el mero hecho de aprender, la obsesión por convertir la tierra en un lugar bello. Mucho de eso lo vamos olvidando. Erwin Schrödinger, Premio Nobel de Física, aconsejaba a sus discípulos que volvieran su atención hacia los pensadores de la Antigüedad, pese a todos los adelantos científicos de que en la actualidad se disponía. Cuando me preguntan para que sirve estudiar a los clásicos siempre contesto lo mismo: para ser feliz. Y eso que yo soy bioquímica y patrona de altura; una advenediza tardía en ese mundo fascinante del pensamiento clásico.

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Kastos es una isla griega que aparece citada en el libro e Capsir.

Pese a la grave crisis económica que ha padecido en los últimos años, ¿sigue Grecia teniendo su encanto?
Grecia es un país que enamora. Uno cae rápidamente en el hechizo de lo griego, de los griegos, de esa singularidad griega. Su locura esencial. Las huellas de la areté que llamaban los clásicos, la excelencia como obligación, la necesidad, a veces extravagante, de heroicidades. Y una forma de disfrutar la vida, con lo puesto, con el traje de cigarra, difícil de entender para las hormigas norteñas. Creo que ese encanto se conserva intacto pese a la contaminación turística inevitable.

¿Es dura la vida en el mar?
Puede ser incómoda a veces, pero recompensa en todos los sentidos. Creo que lo más duro en la vida es el aburrimiento, terrestre o marino, el perder el placer por conocer y aprender.

¿Viajar es un placer?
El viaje por el viaje, el turismo irracional de ir tachando casillas de una lista y transformarlo en fotos que se lanzan al éter, el ‘yo ya he estado aquí’, no me interesa en absoluto. Como decía Fernando Savater, a veces puede ser más gratificante hacer un viaje interior, andando arriba y abajo por la habitación de tu casa. No me importa volver cien veces al mismo sitio; seguro que cada vez lo encuentro diferente.

De los lugares que ha visitado, ¿cuál ha sido el que más le ha marcado?
El pequeño pueblo griego donde vivo la mitad del año. Las anécdotas, discusiones, y conversaciones con los insólitos habitantes del pueblo, con ese desparpajo sabio que solo tiene la gente sencilla, merecían la pena ser contadas, con todo el cariño que se merecen y les dedico la última parte del libro.

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Ana Capsir es bióloga y ha trabajado en el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC).

¿Qué lugar le gustaría visitar?
Poder completar la vuelta a un Mediterráneo en paz. Algo difícil, ya lo creo.

Su experiencia viajera de navegación, ¿le da para escribir nuevas obras?
Navegar es una forma de transportarse lentamente, lo cual te da tiempo para prepararte para lo que vas a ver y recapacitar sobre lo vivido. No necesariamente una fuente de inspiración.

¿Le gustaría dar a conocer al lector alguna otra parte del mundo?
Las historias surgen; son ellas las que empujan por salir. Si me propusiera describir las cosas que veo sin mayor motivación seguro que me saldría mal.

¿Anda embarcada (nunca mejor dicho) en algún nuevo proyecto?
Sigo con mi blog, Navegando por Grecia, y sigo andando por las nubes, imaginando cosas interesantes que relatar. Tengo cosas a medias y espero que alguna de ellas termine cogiendo forma. Pero no tengo ninguna prisa; cuando no me divierta, dejaré de hacerlo.

 

Javier Ramos Soy periodista y experto universitario en protocolo. He trabajado en diferentes medios de comunicación como 20 minutos, Las Provincias o Diario 16. Ahora ejerzo labores de community manager, colaboro en blogs y publicaciones digitales. Autor del libro 'Eso no estaba en mi libro de Historia de Roma'.

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