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La Cueva de los Moros, donde se encerró San Juan de la Cruz para alcanzar el éxtasis

La Cueva de los Moros, donde se encerró San Juan de la Cruz para alcanzar el éxtasis

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Si el viajero parte de la localidad alcarreña de Pastrana por la carretera que se dirige a Albalate de Zorita, a la izquierda, hay un desvío que se dirige a Valdeconcha. Allí mismo, en medio de tierras de labor, existe una gran roca arenisca de color pardusco perforada por extrañas galerías excavas en un tiempo ignoto. Es la Cueva de los Moros, de Pastrana.

Su función original es desconocida, aunque es evidente que se ha utilizado en diversas ocasiones como aprisco de ganado. Prueba de ello es la capa de excrementos del suelo. De sus paredes, negras por el hollín de las hogueras encendidas en su interior, parte una galería que se dirige hacia el norte, tapiada en su parte final, aunque puede verse el cielo por una pequeña abertura.

Lo primero que llama la atención es el paralelismo de sus galerías y luego su forma tronco piramidal. Resulta evidente que sus cinco metros de altura han sido tallados a mano. En el fondo son un poco más bajas. Se interconectan por pasillos que atraviesan el complejo longitudinalmente y siguen la dirección del valle. En realidad no se trata de una cueva, sino de una serie de pasadizos paralelos y túneles interconectados con múltiples salidas al exterior.

Su interior recuerda a las mastabas egipcias o a cunas, con su enigmático juego de luces. En sus paredes, aparte de los letreros e incisiones actuales, hay una serie de signos grabados que no se corresponden con ninguna escritura conocida. Incluso, para poder verlos bien, tienen que recibir la iluminación de lado.

Parece que nos encontramos ante un santuario rupestre que, como poco, se remonta a la época de la Edad del Hierro, pues se pueden observar restos de una especie de escritura alfabética muy similar al alfabeto ibero. Junto a ellos aparecen otros signos más figurativos, como cruces con bases piramidales, figuras geométricas y pequeñas oquedades excavadas en la roca, a modo de ofertorios.

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El interior de la gruta alcarreña se ha tallado a mano./santiago lopez pastor

Quizá podría tratarse, asimismo, de algún templo o lugar dedicado a deidades femeninas antiguas perteneciente a un castro celtibérico desparecido, La Pangía. Durante la Edad Media y el Siglo de Oro, con toda seguridad, los monjes se sirvieron de estas cuevas para meditar y recogerse. Aquí se encerró un tiempo San Juan de la Cruz. Posiblemente, el autor las utilizó también para que sus seguidores pudieran reconstruir el ambiente adecuado que les permitiera alcanzar estados de éxtasis al aprovechar las energías telúricas de estos lugares.

Para algunos autores la Cueva de los Moros guarda similitud con eremitorios altomedievales, refugios de anacoretas que harían de estas grutas un espacio para la oración, la meditación y la vida en soledad. En la parte exterior de la Cueva de los Moros, subiendo por una escalera esculpida en la roca, hay una gran cantidad de petroglifos mezclados con graffitis y dibujos realizados por gentes desaprensivas. A unos 500 metros de la cueva se puede ver el Convento Carmelita de San Pedro, fundado por Santa Teresa y San Juan de la Cruz en 1569.

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San Juan de la Cruz fue, junto a Santa Teresa, el principal representante del misticismo español.

Si le queda tiempo al viajero, la siguiente recomendación es que regrese a la localidad alcarreña para que conozca la fascinante vinculación histórica de Ana Mendoza de la Cerda, la Princesa de Éboli, con Pastrana. La legendaria dama del parche en el ojo. Fue una de las mujeres de más talento de su época, y aunque no está probado que fuese amante de Felipe II, sí que mantuvo una relación, ya viuda, con el secretario real Antonio Pérez. En el fantástico Palacio Ducal de Pastrana estuvo encerrada por estar acusada de conspirar en la intriga palaciega que condujo al asesinato de Escobedo, secretario de don Juan de Austria.

Viajar a lo largo y ancho de la Península Ibérica depara al viajero un sinfín de grutas y cavidades de tiempos pretéritos que enaltecen el amor por el pasado prehistórico. En Titulcia, Madrid, por ejemplo, está la cueva de la Luna, una oquedad esotérica que pudo vincularse a los ritos de iniciación templaría. En la provincia de Valencia sobresale la Cova del Parpalló, cerca del pueblo de Barx, a la que llaman santuario del Arte Levantino prehistórico.

Dónde dormir: Hotel Mayno; Ctra. Tarancón, 1; 19100 Pastrana (Guadalajara); teléfono: 949371026.

Dónde comer: Asador El Molino; Calle Moriscos, 13; 19100 Pastrana (Guadalajara); teléfono: 949370293.

Javier Ramos Soy periodista y experto universitario en protocolo. He trabajado en diferentes medios de comunicación como 20 minutos, Las Provincias o Diario 16. Ahora ejerzo labores de community manager, colaboro en blogs y publicaciones digitales. Autor del libro 'Eso no estaba en mi libro de Historia de Roma'.

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